lunes, 21 de enero de 2008 12:44 a. m.
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Al principio el niño, que no tiene nada en propiedad y se enfrenta a todo "lo Demás". Vive en un mundo de cosas, en el que reinan las cosas y él no tiene ningún poder. Los padres mismos se presentan como potencias naturales y el mundo le es por entero ajeno.
Pero, poco apoco, el niño va conquistando su serenidad ante las afrentas de las cosas, va mirando detrás de las cosas, descubriendo cómo funcionan. Y al descubrir sus secretos, les pierde el miedo: se vuelve estoicamente imperturbable y, podríamos decir, aprende a sostener la mirada a su padre. Y entonces el niño comienza a sentirse más a Sí Mismo que al Mundo. Cuanto más se tiene a Sí Mismo, menos miedo le da ya el mundo, más desprecia el mundo, más se siente su verdadero Rey.
Este Sí Mismo que ha conquistado contra lo real es el Espíritu. Y con ello termina la Infancia y comienza la Juventud. Instalado en el Espíritu, el joven deja de luchar contra las cosas. Pero ahora tiene que comenzar a luchar contra la razón, contra el espíritu mismo. Antes se ha visto sumido en una etapa febril de entusiasmo juvenil: la fuerza del mundo parece algo irrisorio comparada con la fuerza del espíritu. El mundo, con sus ciegas tormentas y temblores, puede tener fuerza. Pero sólo el espíritu tiene autoridad. El Espíritu es lo primero que aparece divinizado, sacralizado. El Espíritu aparece como un poder superior a todos los poderes del mundo.
Pero el caso es que el joven se sabe espíritu. Él es el Espíritu. Pues, precisamente, lo que ha conquistado contra el mundo, y por lo que ha perdido el respeto al mundo, es el Espíritu. Por eso el joven se siente poderoso, animado por sus ideales. Más poderoso que ningún otro poder terrestre. Antes, los padres eran potencias naturales. Ahora, precisamente "hay que abandonar a tu padre y a tu madre", como mandan las Escrituras, precisamente para poner fuera de juego cualquier poder natural, cualquier poder del mundo. Para este "Hombre Espiritual" que es el joven no existe familia.
Sin duda que los padres pueden luego renacer con otra forma. Igual que la familia negada puede reaparecer como Patria. Pero aquí está lo importante: tales poderes naturales han muerto como naturales y ya sólo tienen poder en tanto que se han convertido en espirituales. Ahora es el Espíritu quien domina.
El joven siente que el Espíritu vive en el cielo, porque ha surgido de vencer todo lo terrenal. Por tanto, el joven no atenderá a ningún poder que no sea celestial. Los hombres mismos carecen de poder para él, en tanto que son criaturas terrenales: ahora sólo atiende órdenes de Dios, autoridades que podríamos llamar "sagradas".
El niño tenía que plegarse a las leyes del mundo. Ahora el mundo ya no es obstáculo ninguno. Pero existen, sin duda, otros obstáculos: sólo que ahora son espirituales. Se dice "no se puede hacer eso: no es razonable, no es cristiano, no es moral, no es patriótico". Lo que ahora se teme es la Conciencia.
Somos desde entonces, "los servidores de nuestros pensamientos"; obedecemos sus órdenes, como en otro tiempo las de los padres o las de los hombres. Son ellas (ideas, representaciones, creencias), las que reemplazan a los mandatos paternos y las que gobiernan nuestra vida.
El joven descubre el pensamiento puro, que ya no es pensamiento de las cosas, sino que es absoluto: la Verdad, la Humanidad, el Hombre, etc. Pero el espíritu puede ser rico o pobre, perfecto o imperfecto. Al constatarlo, el joven empieza a buscar la perfección espiritual: y entonces tiene que reconocer que él mismo no es un espíritu perfecto. El Espíritu perfecto es Dios. Y entonces se muestra la verdadera cara de toda esta supuesta liberación: pues, al fin y al cabo, "Dios", "Patria", "Rey" son cosas ajenas a él. No son "su Propiedad", por muy espirituales que sean. El joven se descubre dominado por el Espíritu, igual que el niño estaba dominado por el mundo.
El hombre ya maduro difiere del joven en que considera el mundo tal como es, sin ver por todas partes males que corregir, entuertos que enderezar, y sin pretender modelarlo sobre su Ideal. En él se consolida la opinión de que uno debe obrar para con el mundo según su interés y no según su Ideal.
El descubrimiento del Espíritu se ve entonces desplazado por el descubrimiento del Egoísmo. Ahora se trata de que goce el individuo y no de satisfacer el Ideal.
El niño se puso detrás de las cosas y descubrió el Espíritu: se hizo joven. Ahora, el joven se pone detrás del Espíritu y alcanza la madurez... ¿y qué descubre- Descubre el único. Descubre que todo es su propiedad. Que Él es dueño y señor de todo: de lo real y lo ideal. Él ha creado sus pensamientos y es su poseedor. A este respecto, a veces es preciso citar para ser creído:
En la Edad del Espíritu, mis pensamientos proyectaban sombra sobre Mi cerebro, como el árbol sobre el suelo que lo nutre; giraban a Mi entorno como ensueños de calenturiento, y me turbaban con su espantoso poder. Los pensamientos mismos habían adquirido corporeidad y se llamaban Dios, el Emperador, el Papa, la Patria, etc. Hoy destruyo su cuerpo, entro en posesión de Mis pensamientos, los hago Míos y digo: sólo yo poseo un cuerpo. No veo ya en el mundo más que lo que él es para Mí, es Mío, es mi propiedad. Yo lo refiero todo a Mí. No hace mucho era Espíritu y el. mundo era a mis ojos digno sólo de desprecio; hoy soy Yo su propietario y rechazo esos Espíritus o esas Ideas cuya vanidad he medido. Todo eso no tiene más poder sobre mí que el que las potencias de la tierra tienen sobre el Espíritu.
| Anónimo | 21/1/08 2:09 p. m. |
