viernes, 4 de enero de 2008 12:30 a. m.
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Eva Illouz, profesora de sociología, estudia la génesis del "homo sentimentalis". La expresión no requiere comentarios; resulta flagrante que nuestra modernidad está vinculada a una "nueva cultura de la afectividad": de la "parte femenina" de los hombres a la "peoplisation" de las políticas, pasando por la preocupación por las causas nobles, etc. Ahora bien, según Illouz, los sentimientos son evidentemente fenómenos psicológicos, pero también, y "tal vez más aun, realidades sociales y culturales". La tesis que desarrolla de manera cautivante establece una relación muy estrecha entre la evolución del capitalismo y la transformación de la importancia que se otorga a las emociones y a su expresión, que de a poco se han convertido en la quintaesencia de la identidad personal.
Es algo inesperado.
Es algo que permite descubrir lo ignorado. Lo que Illouz estudia es esencialmente la modernidad según se la ve en Estados Unidos, pero, mutatis mutandis, queda claro que sus dichos se aplican al conjunto de los países desarrollados.
En primer lugar señala cómo, después de la introducción del psicoanálisis –por otra parte, este interés merecería ser explicitado–, el "yo ordinario" sería concebido como una "entidad misteriosa", que cada uno debería conocer y desarrollar.
Desde los años 1920 el "imaginario psicoanalítico" fue introducido en la empresa; el buen manager debía ser un buen psicólogo, los conflictos se consideraban como relacionados con la psicología, se privilegiaba la "escucha", y la "ética comunicacional" llegó a ser el espíritu de la empresa.
El conflicto social no puede ser más que un malentendido.
De manera similar, la competencia y el desempeño profesionales serán percibidos como un producto del yo profundo.
El fracaso, o la inclinación a la huelga, serán leídos como un desorden íntimo, que debe aclararse.
Esta concepción, que permite aumentar la productividad, se extiende fuera de la empresa gracias a la institucionalización de la psicología. Las relaciones íntimas se transforman en objetos mensurables, "comparables entre sí, y tienen que ver con un análisis en términos de costo y beneficio", mientras se acentúan el subjetivismo y la sentimentalidad, ya que nuestras emociones tienen un valor por el solo hecho de ser expresadas.
La salud y la realización de sí mismo son ahora una sola y misma cosa.
Cada uno tiene su "yo", su diferencia; las emociones son un nuevo capital, todo sufrimiento debe ser reconocido no como una falta moral, sino como constitutivo de una individualidad, al mismo tiempo que se combate el disfuncionamiento: lo que confirma la codificación de las patologías mediante el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de 1954, que amplía considerablemente los trastornos reembolsables por los seguros y el mercado de las empresas farmacéuticas; pero que, sobre todo, define banalmente la "normalidad" como la aptitud para "desarrollarse".
El yo sufriente es así reinsertado en el mercado, como un producto con fallas a corregir, como un desafío particular a tomar, sin que nunca se defina claramente lo que sería una "realización" plena. Así es como el capitalismo adopta un rostro humano y como se disuelve la frontera entre lo público y lo privado, como triunfa la ideología liberal de la opción, expresándose con todas sus contradicciones y tristezas en los sitios de encuentros de internet…
Así es como lo que parecía una promesa de liberación y de felicidad se convirtió en una restricción interiorizada, invisible, "natural", ya que su "construcción" se ha borrado.
Movido por estas nuevas normas de igualdad, de libertad, de transparencia, de racionalización, el individualismo moderno alberga una vida emocional que "obedece a la lógica de las relaciones y los intercambios económicos".
La economía íntima y la economía de mercado se casan, incluso en nombre de los valores de la democracia, modulados, interpretados, utilizados por un sistema económico bien definido, que piensa en hacerse pasar por sinónimo de democracia.
Estas "patologías del individualismo" parecen surgir del encuentro entre los ideales de la democracia y los objetivos de un nuevo capitalismo.
Pero, a menos que se espere una revolución, ¿cómo podemos imaginar un futuro que no superponga al ciudadano y al consumidor, a los "derechos de" y el "derecho a"?
Micki McGee, socióloga estadounidense, después de haber estudiado las condiciones de aparición y los significados de la demanda masiva de técnicas de auto-desarrollo en Estados Unidos, también recuerda que "las estructuras sociales y las identidades individuales son mutuamente constitutivas: están interconectadas hasta tal punto que cambios en las primeras traen consigo cambios en las segundas y, podría decirse, viceversa".
Pero aunque ahora cada uno es conminado a "trabajar sobre sí mismo" y a considerarse como "capital humano", con mayor intensidad cuando mayor es la inseguridad social, también la alienación llega a su colmo y hace recaer la responsabilidad de su insatisfacción social en el propio individuo, culpable de no ser lo suficientemente decidido para "llegar a ser todo lo que puede ser"; la autora postula, sin embargo, que esta búsqueda enajenada de la realización de sí mismo puede "servir de catalizador para un cambio social".
Es para ella como una forma "prepolítica" de protesta, que podría ser canalizada hacia una "participación política".
Esto supone reconocer que "el deseo de inventar su vida ya no tiene que ver con el narcisismo, o con un impulso emancipador alternativo, sino más bien que se hace cada vez más necesario como una nueva forma de 'trabajo inmaterial' –actividades mentales, sociales y emocionales– requerido para participar en el mercado de trabajo" y, por otra parte, que hay que apoyarse en esta aspiración para extenderla a la reivindicación de un mundo en el cual "el libre desarrollo de cada uno es entendido como la condición del libre desarrollo de todos".
Seguramente esto también supone que se reafirme el valor fundador de la razón común, que se deconstruyan las ilusiones de libertad, pero apoyándose en eso que, en los malentendidos y trampas de la modernidad, entraña, de manera contradictoria pero tenaz, la aspiración a una vida mejor.
| Anónimo | 4/1/08 12:43 a. m. |
