domingo, 23 de diciembre de 2007 3:22 p. m.
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La fábula de los trogloditas, recogida en las Cartas Persas, nos habla de un pueblo compuesto sólo de personas malas, entregadas a su autarquía selvática, a las que una epidemia obliga a contratar a un médico; como los trogloditas son muy malos, una vez curados incumplen su compromiso y niegan a su salvador el pago de sus servicios. Por eso, cuando la epidemia, años más tarde, se repite, ningún médico quiere acudir a la aldea de los trogloditas, cuya población sucumbe así a la enfermedad… todos con excepción de una pareja, casualmente los dos únicos hombres buenos de la comunidad. La pareja de buenos se reproduce y tiene sólo hijos buenos a su vez, que les dan nietos también buenos, de manera que al cabo de algunas décadas el pueblo de los trogloditas está compuesto únicamente de hombres buenos, como antes estaba sólo compuesto de hombres malos; y son tan buenos que, al igual que cuando eran malos, no necesitan ni leyes ni instituciones ni gobierno: la virtud general asegura el cumplimiento de las promesas, el respeto recíproco de la libertad y la igualdad y seguridad de todos con independencia de sus diferencias naturales. Pero el tiempo pasa, la población crece y de pronto los trogloditas sienten la necesidad de acudir al más viejo y sabio de la tribu para que les dé leyes que les obliguen a hacer aquello que hasta ahora vienen haciendo por propia voluntad. “Oh, día desventurado”, gime el anciano, “¿por qué he vivido yo tanto? Bien veo, trogloditas, que empieza a seros gravosa vuestra virtud y queréis someteros a leyes menos rígidas que vuestras costumbres. ¿Cómo he de dar preceptos a un troglodita? ¿Queréis que ejecute él acciones virtuosas porque yo se las mando, pues sin mi mandato las haría sólo siguiendo su inclinación natural?”.
| Anónimo | 23/12/07 3:31 p. m. |
